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ÓPERA «Fidelio» Beethoven: «Fidelio». Intérpretes: C. Forbis, A. Kampe, G. Surjan, J. Kleiter, J. Schneider, A. Dohmen, D. Randes, I. Arcayürek, L. Pall, Coro Arnold Schönberg y de la Comunidad de Madrid, Mahler Chamber Orchestra. Dir. de escena: Ch. Kraus. Dir. musical: Claudio Abbado. Lugar: Teatro Real, Madrid. Fecha: 19 de abril ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE Hay en toda gran hazaña mucho de trabajo, algo de habilidad y un poso de inspiración. Lo ha de saber el Teatro Real tras conseguir integrarse en el proyecto «Fidelio» coproducido con los Teatros de Reggio Emilia, Comunale de Módena y Ferrara, y el Festival de Baden-Baden, lo que ha permitido, por primera vez, tener a Claudio Abbado en un foso español. Anoche fue el estreno. Obvio es decir que la actuación se resolvió con una ovación digna de cualquier pronóstico. La recibieron los músicos de la Orquesta de Cámara Gustav Mahler, del Coro Arnold Schoenberg y de la Comunidad de Madrid, un plantel de solistas capaces de aportar dignidad al espectáculo y la puesta en escena de Chris Kraus. Pero, sobre todo, Abbado, pues con él llegó la confirmación de que «Fidelio» sólo es posible si se tiene un soporte sinfónico digno... y una gran Leonora. Al maestro se debe que la partitura alcanzara a sonar con claridad y tensión. Grandioso fue el arranque y enorme el coro final potenciado por la cegadora luz proyectada desde el escenario. Y eso se recuerda porque, sin duda, la versión acabo siendo más material que espiritual, más entusiasta que trascendente. De hecho, el impulso sinfónico envolvió a Julia Kleitzer, una noble Marzelline algo aprisionada y apremiada por Abbado en su «O wär ich schon mit dir vereint». Por entonces la orquesta sonaba con especial fuerza. En realidad, lo hizo durante todo el primer acto, lo que no impidió que resultara escalofriante el sutil arranque del cuarteto o que casi se rozara lo sublime en el inicio del coro de prisioneros, mientras estos invadían el escenario arrastrándose desde lo oscuro. Quizá faltó delectación, esmero en el sonido y en algún momento precisión instrumental, al margen de verdadera contundencia en el reparto. Porque Giorgio Surjan fue un Rocco de buenas vibraciones, amable antes que rudo. Clifton Forbis, Florestan de voz estrangulada y arrestos, y Albert Dohmen un gran Pizarro de amplio centro y agresividad ante su «Ha! Welch ein Augenblick!», lo que permitió un estupendo dúo con Rocco, potenciado por la contundente imagen del gobernador en silla de ruedas mientras el carcelero se humillaba en el suelo. Un detalle, entre muchos, para apreciar el valor del trabajo escénico realizado por el director de cine Chris Kraus en su primera aproximación a la ópera. También se puede añadir la caída de Pizarro mientras proclama «¡La victoria es mía!», la horca de la cárcel que hace inevitable creer que se hará rodar la cabeza de un preso, o el teatro de condenados impecablemente dispuestos en un grandioso anfiteatro al fondo del escenario. En definitiva, que lo propuesto por Kraus es globalmente sólido, lógico y narrativamente coherente. Incluso con fuerza gracias a la luz en continuo cambio, dispuesta para cuidar a los protagonistas y reforzar intervenciones como la de Leonora mientras canta en la boca del escenario el famoso «Komm, Haffnung, lass den letzten Stern», al tiempo que en el telón se proyecta un ojo parpadeante. Que Anja Kampe lo hiciera con precaución, medido arrebato y agudo poco firme sólo indica que su Leonora es suficiente y no grande, por mucho que luego resuelva el papel con mayor soltura, interés y línea más acabada. Lo cual quiere decir que si la hazaña ha sido posible y la ovación considerable es porque este «Fidelio», que ha conseguido traer hasta Madrid a Claudio Abbado, debe mucho al trabajo de todos los participantes, a la habilidad de algunos como Albert Dohmen, y a la inspiración de unos pocos, Chris Kraus y el propio Abbado a la cabeza.
Data creazione : 21/04/2008 @ 15:54
Ultima modifica : 21/04/2008 @ 15:54
Categoria : Abbado nella stampa
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